Acudí temprano a cumplir con un deber
ciudadano. Lo hice por tres razones muy poderosas, primero, porque tenía
planeado un almuerzo familiar y recibir los resultados de estas elecciones,
para lo cual debía ultimar detalles para ello; segundo, porque me entusiasma
participar en este tipo de manifestaciones masivas y tercero porque me recreo
observando el desplazamiento de una población que va en busca de su destino
electoral. Es llamativo ver como algunas
situaciones, que normalmente no se ve los días domingos, dibujan una ciudad comprometida por un voto voluntario y obligatorio
a la vez. Veo, como todos se apuran para
alzar la voz del pueblo que requiere autoridades que trabajen, pero que no
roben y no como maliciosamente nos han tratado de rotular de ser los responsables de un profundo y bajo
pensamiento que apaña el delito y la corrupción. No me imagino a Dios
autorizando a los seres humanos a robar, con tal de proteger a los menos
favorecidos. La voz de Dios es sabia,
dice, pide y demanda lo que requiere en
su justa medida.
La movilidad es escaza, el camino hasta el centro de votación es corto. Pasé frente
a una panadería y una señora me ofreció unos tamales; a dos soles los de pollo
y cincuenta centavitos más, los de chancho.
No compré ninguno ya que prefiero tomar mi desayuno viendo televisión. Pensé al regreso, comprar los de chancho que se ven deliciosos y
sus respectivos panes. En el lugar de
votación, veo algunas personas con el chaleco que los caracteriza como encargados
del proceso. El colegio donde me toca sufragar se ve bien resguardado. Un policía
solicita mi documento de identidad y se lo entrego. Recibo la indicación que
debo esperar frente a una de las aulas ubicadas en un segundo piso. Me acerqué al punto señalado y vi el
aula completamente vacía. Bueno, no tan vacía porque había carpetas, había
pizarra, también vi ventanas, un estante, dibujos y un calendario donde estaba
marcado con un círculo la fecha de hoy.
Esperé media hora, luego pasó otra media hora más y luego esperé una
tercera media hora, mientras la gente pasaba y repasaba. De pronto se formó una
fila de votantes que comenzó a encenderse. Todos vociferaban por la demora de
la instalación de la mesa, hasta que llegó el policía que me atendió en la
entrada. Luego se acercó uno de los
encargados de la votación y ambos conversaron. El encargado le hizo un gesto al
policía. Éste, solicitó los documentos de quienes estaban en la fila, luego hizo
lo mismo conmigo. Se retiraron y
regresaron veinte minutos después. Sin
más ni más, fui designado con el cargo honorífico de Presidente de Mesa, por
ser el primero en llegar. Esta designación, muy honrosa, me tomó por sorpresa,
pero más sorprendidos fueron una dama muy refinada y un joven universitario que
formaban parte de la desintegraba fila, que por arte de magia desapareció.
Entre regañadientes, recibimos algunas
instrucciones para armar la mesa de votación. Luego de la apertura del material
electoral, formulamos el acta de inicio y se procedió al sufragio. La
desintegrada fila, nuevamente recobró presencia con algunos votantes. El trajín hacía más llevadera la tarea cívica. Luego de algunas horas
recibimos un refrigerio, que me hizo recordar los tamales, los panes, mi café y
me hizo refrescar la indignación por quienes debían estar en nuestro lugar. Uno a uno seguían llegando los
votantes, entre ellos, los propios designados para esta mesa, tanto titulares como
suplentes a quienes atendimos con especial esmero. No puedo negar que ganas no me faltaron de
reclamarles por esa falta de civismo y su mala fe electoral de encargar a otros su
responsabilidad con solo pagar una multa. No es justo que el Infractor disponga
de su tiempo o del tiempo de “otros”, para que otros hagan su trabajo; que el Estado
cobre por esta irresponsabilidad o mejor dicho venda el esfuerzo de “algunos” y esos algunos hagan un trabajo sin recibir
nada a cambio, asumiéndolo como un deber ciudadano.
Faltaban diez minutos para cerrar la votación y
también faltaba solo una persona por votar. Curiosamente, esa persona debía ocupar
el lugar que yo estaba ocupando. Exactamente, cinco minutos después, llegó
corriendo una mujer muy agitada y
preguntando por su mesa que, curiosamente, era mi mesa o mejor dicho su mesa a
la que nunca llegó oportunamente para presidirla. Me dio ganas de declarar cerrada la votación
en ese momento. Muy segura de sí, me entregó
su documento y sin más palabras le dimos la cédula. Ella se dirigió a la cámara secreta. Mientras evaluaba su voto, despegué el sticker
respectivo para colocarlo en el documento de identidad. Lo tenía en la yema de mis dedos, cuando
escuché correr a uno de los encargados de la votación señalando que estemos
listos para el respectivo cierre. En ese momento, pensé en la comida que me
estaba esperando en casa y que no pude disfrutar viendo la televisión. La mujer
salió apurada de la cámara secreta como queriendo que nadie le pregunte nada, dejó su impresión digital, firmó, recogió su documento y se retiró raudamente. Tres
minutos después, procedimos a cerrar la votación.
La mujer que no había cumplido con su deber de
ser presidenta de mesa, retornó y en forma alterada pidió hablar conmigo. Me
acerqué para ver que quería, casi gritándome me reclamó que no le había puesto
el sticker respectivo. Esta mal expresarlo, pero en ese momento, mi interior
experimentaba una especie de regocijo. El azar había llevado a cabo su venganza porque
esa venganza no era mía. Revise el
documento de la quejada y comprobé que no tenía pegaba la prueba irrefutable de
la votación. Me acerqué a revisar el
material y no había ningún sticker sobrante. Traté de recordar y hacer memoria. Ese sticker era el último y yo lo había
despegado. Es allí donde entré en duda de si se lo pegué o no. Lo único que respondí fue que todo el
procedimiento fue realizado correctamente y que muy posible se le haya caído
por no estar bien adherido. La mujer se retiró y regresó con un policía y el encargado
de la votación. El joven universitario, un poco más relajado, le dijo a la señora:
- Eso le pasa por no cumplir con su deber.
La señora le dio una mirada fulminante. El sticker
no estaba por ningún lado. Lo único que
quedaba era que la señora se acercara al local central del organismo encargado de
votación y solucionar el problema, en este caso no habría ningún tipo de multa
ya que el voto se había ejercido legalmente, pero eso le demandaría dedicar un
tiempo para este trámite, tiempo que nosotros le dedicamos en forma voluntaria-obligatoria
a la ciudadanía, que es el mismo tiempo que ella tomó de nosotros sin
consultarnos. La mujer nos miraba con rabia y nosotros la mirábamos con
compasión. Los reclamos seguían insistentes. Como Presidente de Mesa, no me
quedó otra cosa que pedirle al policía, que retire a la reclamante para poder
dar continuar con el proceso. La mujer
se fue casi llorando.
Con el conteo de los votos me olvide del incidente. Se escuchaban las primeras informaciones de los posibles resultados. Todo seguía su rumbo normal. Luego de devolver todo el material electoral, me quedé conversando con los otros miembros de la mesa. Al pararme para salir, pasé mi mano por debajo de la mesa y sentí algo. No tenía dudas era el sticker perdido. Lo tomé disimuladamente, mientras me paraba. Involuntariamente, por la acción de mi subconsciente que estaba disconforme, el sticker quedó pegado en ese rincón, lugar donde nunca debió estar, ni llegar, porque ese no era su lugar, como tampoco era el lugar de nosotros, lugar que ocupamos “algunos” por culpa “otros” que siempre están buscando sacarle la vuelta a las obligaciones ciudadanas.
agrg 06oct2014
